jueves, 30 de julio de 2015

VIII

La celda (I)

Siempre adviene la fatalidad. Da igual el tiempo que pase, al final siempre descubren el pecado en mí. No hablo aquí de dioses, ni de morales; no hablo de faltas. No se trata de eso. Se trata más bien de una carencia o de una voluptuosidad primordial que tarde o temprano siempre aterroriza a quién, en algún momento, me tuvo cierta simpatía o cierto afecto. Incluso aquellos que jamás mostraron estos sentimientos hacia mi persona, sino más bien los opuestos,  o peor aún, los más indiferentes, también concluyen por descubrir mi más íntimo atributo.

Eso, y mi deseo por no causar molestias, me han llevado a viajar mucho. Diría que por todos los caminos he cruzado y que en todas las ciudades y pueblos he vivido. Pero no estoy seguro. A día de hoy no tengo ya recuerdos ciertos, si acaso algún recuerdo es verdaderamente fiel al hecho que evoca. Mi memoria es una argamasa de distintos afectos, de distintas pasiones y distintos temples que conforman así todas las imágenes y todos los sonidos que se proyectan en mi cabeza. Los olores, los sabores y las texturas me son más difíciles de construir. Toda asociación que pueda surgirme de un recuerdo no es más que puro artificio.

Un detalle se me ha pasado por alto: yo vivo en una celda. No conozco quién me trajo aquí, ni los hechos que motivaron mi reclusión. Desconozco también cuánto tiempo llevo encerrado. Es posible que siempre haya existido en este punto incierto, rodeado por la oscura pared circular; tan posible como que jamás pueda salir de aquí. No siento hambre, ni sed, ni sueño, ni pretensiones de una muerte redentora. Comprenderéis que para mí el tiempo carezca de cualquier valor.

 La oscuridad de mi celda es prácticamente total. Sobre el perímetro de la superficie circular, un único muro se eleva hacia la tiniebla más insondable y me encierra entre sus fauces. En él sólo hay dispuestas siete minúsculas oberturas, pequeños agujeros de los que he aprendido todo cuánto sé. Con forzosa paciencia he aprendido a distinguirlos por las leves diferencias de sus brillos y los irrisorios matices de color que varían de una a otra. A veces me gusta jugar a pensar que son puertas secretas y que los agujeros son el antojo de una cerradura por la que me asomo. Ésta, tal vez, es mi esperanza más íntima, el último resquicio de humanidad que logro encontrar en mí: saberme capaz de escapar.

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