sábado, 20 de febrero de 2016

XVIII

La tarde. Porque ella lo dijo.

La tarde transcurre en su medianía y yo me encuentro en casa, sentado en el sofá mientras leo. El sol brilla en el cielo azul y éste, a su vez, sobre el azul del mar. Las ventanas no me arrojan directamente los rayos del sol, que a estas horas queda en la parte posterior del edificio, sino que me proveen de una cálida claridad. Una leve brisa fresca mueve las ramas de los pinos, que bailan y se mecen con suavidad. No hace mucho calor y eso me sienta bien. ¿Qué leo, si acaso eso importa? Voy pasando las páginas, con tranquilidad. Paladeo las frases, degusto las formas e imágenes que proyectan en mi cabeza; continuo leyendo, ajeno al mundo en este pequeño páramo de sosiego. Ahora mismo no tengo obligaciones ni dependencias. El tiempo ha dejado de reclamar mi atención y me permite un descanso, una pequeña parcela en límite de la existencia. Se está realmente bien.
Avanzo en la historia de un protagonista, dentro de su propio yo. A medida que voy conquistando páginas él logra ir conquistándose un poco más a sí mismo. No puedo evitar sentirme algo cómplice.

La puerta entonces se abre pesadamente y entra ella. ¿De dónde viene?, ¿Qué ha estado haciendo?, ¿Cómo está?, pienso;  pero estos pensamientos cruzan tan rápido mi mente que apenas les presto atención. Yo aún estoy demasiado arrojado en mi lectura. Deja las cosas y viene; camina alrededor de la mesa con pasos aliviados. Yo la sigo con la mirada mientras se acerca. Simplemente no decimos nada. Llega al sofá y alarga delgada la mano que acaricia mi cabeza afeitada y cae por mi mejilla. Se acerca, me incorporo un poco y ella se acomoda. Me besa y no decimos nada; simplemente ya lo hemos dicho todo. Continuo leyendo unas páginas más hasta que termino el capítulo. Cierro el libro y ambos miramos por la ventana. El sol se muestra cansado y se prepara para ponerse. Me gusta este momento del día. Durante la próxima hora el paisaje cotidiano de cada día se tiñe de distintas capas de colores, de distintas luces y distintas sombras que disfruto de un modo especial. Acordamos salir fuera, al balón. Lío un cigarro y lo enciendo; trago el humo, lo siento en los pulmones y lo echo fuera. Repito de nuevo el proceso y le doy el cigarro y ella fuma. Se ha  levantado un poco de aire y los pinos parecen danzar. Por un momento todo parece reposado y silencioso, el maravilloso gozo de lo cotidiano.

Me detengo a mirarla, a verla serena y me gusta saberme, en parte, cómplice de ese afecto. Terminamos de fumarnos el cigarro. Hola guapita, le digo, y comienza nuestra tarde.

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