El paseo
Salgo a caminar tranquilamente por el pueblo. No tengo rumbo ni destino, y voy sobre la marcha trazando la ruta que sigo. Pronto me apetece andar alejado del bullicio, por una calle menos transitada y más oscura; pronto viro una esquina y me mezclo entre la gente. Me dejo al arbitrio de mis afectos. Realmente no presto gran atención al resto de personas que se hallan a mi alrededor. Camino maquinalmente, abstraído en no sé qué pensamiento sobre el que voy reflexionando mientras sorteo personas con ligereza. En ningún momento detengo mi marcha, pero bailo entre ellas evitando el contacto, como pajarillos en sus bandadas; como partículas con la misma carga que se repelen, no por voluntad sino por propia constitución. Así me siento en gran medida cuánto más rodeado de otras personas me encuentro. Cuando necesito estar solo, siempre intento salir a dar un paseo por un lugar transitado. Siento la presencia de otras personas, tan ajena y limítrofe a mí; siento esa sensación de repulsión que se ejerce por todas direcciones, y así me es más fácil retraerme a mi propio dominio.
Son cerca de las siete de la tarde, no sé si ya ha llegado o aun faltan unos minutos por llegar. Tampoco importa demasiado. Camino a través de familias y parejas, de gentes que van y vienen, ocupadas en sus obligaciones. Los niños corretean erráticamente, se cruzan, tropiezan y lloran reclamando el consuelo del padre o la madre. Pasan grupos de adolescentes que ríen escándalosamente, como queriendo demostrar constantemente su floreciente juventud. Dejo caer eventualmente mi mirada en sus rostros, en los padres, los adolescentes, los ancianos y los niños, y los examino por encima. No busco nada en concreto, pero tampoco encuentro nada en especial. Son todos tan iguales... De vez en cuando llama mi atención alguna chica que aparece como un destello tranquilo y sosegado en medio de la vida que se desarrolla con normalidad. La miro con curiosidad pero pronto se desvanece mi interés; el destello se apaga y yo sigo a lo mío.
Cruzo las vías del tren por el puente y me detengo en el punto más alto, justo encima de las vías. Miro hacia el oeste, dónde se encuentra mi casa. El sol se está poniendo y allí el cielo cae en un degradado de violetas, naranjas y rosados. Contemplo unos segundos la escena y atesoro la imagen. No es nada del otro mundo, no merece tal vez tanta pompa por mi parte, pero he de reconocer que me gustan estos momentos. Aquí, en medio de la cotidianidad de una vida poco destacable, soy como la cuerda de un instrumento que han agitado levemente: vibro unos segundos en mi sensibilidad, genero emoción y poco a poco ceso y vuelvo a mi estado habitual.
Reanudo mi marcha por las afueras del pueblo. Adelanto una pareja de ancianos que pasea, me cruzo con un chico y su perro. Los coches van y vienen y se me hacen molestos, así que en el siguiente cruce giro la esquina y me conduzco por una calle menos transitada. Ya es de noche y ahora todo se ha vestido con la luz anaranjada del alumbrado público y con las largas y múltiples sombras que ésta proyecta. Un ligero fresco me viene acompañando toda la tarde y lo agradezco. ¿Qué hora es ya? No importa, no; es irrelevante, me digo y sigo andando. Evito mirar la hora pero calculo que hará ya casi dos horas que salí de casa y nada he hecho salvo dar un paso tras otro, uno tras otro, hasta llegar a dónde me encuentro. Pienso de qué ha servido este paseo; tal vez podría haber invertido el tiempo en algo más productivo, pero eso ya no importa. Son pasos que ya no se pueden desandar. No siento en mi corazón ninguna pérdida de tiempo, si acaso la he sentido alguna vez. El tiempo que pasa es una simple conveniencia, una comodidad licenciosa que nos tomamos para situarnos unos respecto a otros y respecto a nosotros mismos. Cuando uno se detiene un poco y mira con un poco de inteligencia despierta puede ver que el tiempo no pasa, que es puro espejismo; un espejismo muy útil, sin duda, pero tan solo un fluir de ningún lugar hacia ningún otro lugar. Toda actividad despierta que desarrollo, en cambio, genera vida, ilusión de cambio, transcurrir del tiempo. En otras palabras, mi vida no es un contenedor de tiempo que se vacía hacia la fatalidad, no es un reloj de arena que se precipita lentamente y me acerca, grano a grano, a la muerte. Yo no poseo más que unas pocas virtudes, unos cuantos vicios, otras tantas alegrías y pocas más desgracias; sin embargo el tiempo no es ninguna de ellas. No puedo malgastar ni perder aquello que no poseo. Cada paso, cada acto, cada pensamiento genera este inexorable devenir que llamamos vida. Soy, por tanto, responsable de mi vida y no puedo más que comprometerme en este acto de creación. No tengo, literalmente, tiempo que perder, tan solo vida que expandir.
Abandono de pronto mis reflexiones. Me he conducido solo hasta casa, sin reparar apenas por dónde he venido ni con quién me he cruzado. Sigo sin saber qué hora es exactamente, pero mi sábado ha terminado ya. Entro en casa y saludo con un gesto la soledad que me recibe celosa. Qué pocos besos nos quedan entre nosotros, parece decirme, y me seduce con sus juegos de sombras y silencios. Qué poco nos queda, maldita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario