lunes, 14 de septiembre de 2015

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Enfermedad: Nacionalismo.

El nacionalista es un enfermo que no merece ser curado. En él se alojan los fantasmas y parásitos de las épocas de la barbarie, si acaso esta no es la época más bárbara de todas. Reconoce sus carencias, esas falencias que nos definen a todos como hombres y mujeres y por ello se angustia. Es lo normal, lo humano. Sin embargo, lejos de combatir el miedo, de conocerse y gobernarse a sí mismo, lejos de querer en sus propios quereres, se agazapa y se somete a una voluntad mayor (que no más elevada).

Allí, entre todos se sienten seguros y se regocijan en su renuncia. Cantan y proclaman, crean y muestran con orgullo sus símbolos, escriben su historia, sostienen sus valores… el catálogo de actividades es amplio y variado. Bajo esas conjuras para espantar el miedo, poco a poco la persona se deshace, se desdibuja por así decirlo y se funde en una masa mayor, no menos difuminada y anónima. El amor los une a ella, su nación. Pero el amor es celoso y no en todos igual. Para evitar problemas se eleva ese sentimiento varias potencias al, tal vez, el amor más incondicional e incontestable, el amor por la madre (patria). Ella los acoge a todos entre sus brazos reconfortantes, les ama a todos por igual, les promete que jamás va a cambiar, que por ellos siempre estará allí y siempre les cuidará. ¿Cómo no va a decir eso una madre a sus pobres hijos, tan indefensos y asustados? Desde luego, cómo son las madres. Pero por mucho que nos duela, ninguna madre dura para siempre.

Me sentiría desalentado ahora mismo con el futuro, pero no escribo esto con carácter de pronóstico. Mamá ya murió. Y sus pobres huérfanos aún no se han dado cuenta y van por ahí cargando el cuerpo todavía caliente, exhibiéndolo sin pudor alguno. Y chillan su ruido sin cesar, como si intentaran cubrir las voces que anuncian la muerte. En el medio de todo este ruido, de todo ese parlotear sin decir viven el resto. Allá aquél que jamás tuvo madre, más allá aquél que jamás la necesitó. Con suerte se encuentra a uno de esos valientes, de aquellos que no se agazaparon y dijeron sí a su propia voluntad, sí a la más terrible de las batallas, que es gobernarse a sí mismo; uno de esos que dijeron sí a la propia vida. Un extranjero de todo lugar, un alienado de los patrios. Un anormal. Un enfermo.

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